Hay días en los que quiero desaparecer de mi familia por completo, no morir ni hacerme daño, simplemente irme a otra ciudad, cambiar de número y dejar de ser la persona que todos llaman cuando algo se rompe. Soy el hijo responsable, el hermano que escucha, el que acompaña al médico, el que presta dinero, el que arregla papeles, el que calma discusiones, el que aparece cuando hay una urgencia.
Durante años estaba orgulloso de ser así, incluso me daba identidad. Pero últimamente siento resentimiento cada vez que suena el teléfono con el nombre de alguien de mi familia. Antes de contestar ya pienso “qué habrá pasado ahora”. Nadie me pregunta primero si puedo, simplemente empiezan a contarme el problema porque dan por hecho que voy a solucionarlo.
Y lo peor es que yo mismo enseñé a todos a tratarme así, porque siempre dije que sí, siempre fui, siempre resolví. Ahora cuando intento poner un límite, aunque sea pequeño, reaccionan como si hubiera cambiado para mal. Me dicen que estoy distante, que antes era más cariñoso, que no saben qué me pasa.
Lo que me pasa es que estoy cansado de ser útil. Quiero saber si me llamarían igualmente si no supiera solucionar nada, si no tuviera coche, si no tuviera dinero, si no fuera bueno con trámites, si simplemente fuera una persona más con sus propios problemas.
Hace poco apagué el teléfono durante toda una tarde y sentí una paz tan grande que me asustó, porque me di cuenta de que la gente que más quiero se ha convertido también en mi mayor fuente de agotamiento.
No quiero abandonarlos y sé que probablemente nunca lo haría, pero a veces fantaseo con estar lejos donde nadie necesite nada de mí, y después me siento culpable porque muchos darían lo que fuera por tener una familia cercana. Supongo que una familia puede ser amor y carga al mismo tiempo, pero es muy difícil decirlo en voz alta sin que parezca que eres un desagradecido.
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