Hace tiempo engañé a mi pareja una vez y nunca se lo conté. No fue una relación paralela ni algo que durara meses. Fue una noche, en una etapa horrible de nuestra relación, y después corté todo contacto. No lo he repetido jamás. Desde entonces cambié muchísimo, trabajé en mis errores, nuestra relación mejoró y hoy estamos mejor que nunca.
Justamente por eso el secreto pesa más. Mi pareja confía completamente en mí. A veces dice que una de las cosas más importantes entre nosotros es que nunca ha habido una traición de ese tipo y yo siento que se me revuelve el estómago. He pensado cientos de veces en contarlo.
Pero siempre aparece la misma pregunta: ¿para quién sería realmente la confesión? Para mí, claramente, porque me quitaría parte de la culpa. Para mi pareja, en cambio, significaría recibir hoy un dolor que ocurrió hace años y que no sabe que existe.
Entonces me digo que callar es protegerla. Pero quizá eso sea solo una forma elegante de protegerme a mí. Si no se lo cuento, soy yo quien decide por ella qué verdad merece conocer sobre su propia relación. Si se lo cuento, puedo destruir algo que hoy funciona por una versión antigua de mí.
No encuentro una salida moral limpia y quizá ese sea el castigo real.
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