Me arrepiento de haber terminado una relación estable porque en aquel momento confundí paz con aburrimiento. Estuvimos años juntos. No había grandes dramas, pero tampoco esa intensidad que yo veía en otras parejas. Yo quería viajar, vivir más cosas, conocer gente, cambiar de ciudad, sentir que la vida me sorprendía.
Mi ex quería una vida tranquila, casa, amigos, fines de semana sencillos, quizá hijos más adelante. Yo terminé la relación convencido de que si me quedaba me perdería algo enorme. Después hice muchas de las cosas que quería. Viajé, tuve relaciones más intensas, cambié de trabajo, conocí gente interesante.
No fue una mala vida. Pero hace poco supe que se casa y algo dentro de mí se hundió. Desde entonces recuerdo detalles que antes me parecían aburridos como si fueran tesoros: desayunar juntos, caminar sin hablar, saber que podía contar con alguien, sentir que no tenía que impresionar.
También sé que la memoria miente. Si me hubiera quedado, quizá hoy estaría desesperado por escapar de esa estabilidad. Nunca sabré qué versión de mi vida habría existido. Y eso es lo que más duele, no necesariamente haber tomado la decisión equivocada, sino saber que algunas decisiones no permiten comparación.
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