Hace años engañé a mi pareja y jamás se lo conté. Fue una sola vez, ocurrió durante una etapa muy mala de nuestra relación y desde entonces no he vuelto a hacerlo ni he tenido intención de repetirlo. Sé que esto va a sonar como la típica justificación cobarde y quizá lo sea, pero después de aquello cambié muchas cosas.

Corté contacto con esa persona, empecé a trabajar en mí, mejoré mi forma de comunicarme y nuestra relación se convirtió con el tiempo en algo mucho más sano. Hoy estamos bien de verdad. Y justamente por eso el secreto pesa más. Mi pareja confía en mí totalmente.

Ha dicho delante de amigos que una de las cosas que más valora de nuestra relación es que “nunca nos hemos traicionado de esa manera”, y cada vez que lo dice siento que me falta aire. He pensado cientos de veces en confesarlo, pero siempre termino chocando con la misma pregunta: ¿a quién beneficiaría realmente la verdad ahora?

A mí, obviamente, porque podría soltar la culpa. Pero la otra persona recibiría de golpe un dolor de hace años que no sabe que existe. Podría destruir nuestra relación actual por algo que ocurrió en una versión anterior de nosotros. Entonces me digo que guardar silencio es protegerla, pero también sé que esa explicación puede ser simplemente una forma elegante de protegerme yo.

Lo más duro es entender que si confieso, le doy libertad para decidir si quiere seguir conmigo sabiendo toda la verdad; si no confieso, tomo esa decisión por ella. Y no hay forma de salir limpio moralmente. A veces deseo que se entere por casualidad porque así me quitaría la responsabilidad de elegir el momento, y luego me doy cuenta de lo cobarde que es incluso ese pensamiento.

No quiero perder la vida que hemos construido, pero también me pregunto cuánta autenticidad puede tener una relación si una de sus bases es algo que solo una de las dos personas cree cierto.

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