Llevo meses revisando el móvil de mi pareja cuando se ducha y odio la persona en la que me he convertido. Nunca encontré una prueba clara de infidelidad, pero sí encontré suficiente ambigüedad para mantener mi cabeza trabajando las veinticuatro horas.

Hay un contacto con el que habla más de lo que me contó, mensajes borrados de vez en cuando, alguna conversación que parece totalmente inocente pero empieza demasiado tarde por la noche, chistes internos que yo no entiendo, y una vez vi un “me haces mucha falta” que según él tenía contexto profesional porque llevaban tiempo sin coincidir en el trabajo.

Puede ser verdad. De hecho, racionalmente muchas de sus explicaciones tienen sentido. Pero desde que vi esa frase algo dentro de mí se rompió y ahora busco pruebas de una historia que ni siquiera sé si existe.

He aprendido su patrón de desbloqueo, miro si está conectado, observo quién le da likes, me fijo si tarda demasiado en volver del gimnasio, incluso he llegado a recordar cuánto perfume se puso un día antes de salir. No me reconozco. Antes pensaba que los celos eran cosa de gente insegura y ahora entiendo lo rápido que puede uno convertirse en detective de una relación.

Parte de mí quiere encontrar algo definitivo, aunque sea doloroso, porque la incertidumbre es insoportable. Otra parte quiere no encontrar absolutamente nada y volver a ser la persona confiada que era antes. También me pregunto si ya crucé una línea yo, porque entrar a su móvil a escondidas es una traición a la confianza aunque él nunca haya hecho nada.

Entonces la situación es absurda: intento descubrir si me traicionaron traicionando yo primero la privacidad del otro.

He pensado en confesarle que reviso su teléfono, pero sé que después de eso quizá cambie contraseñas y yo lo interpretaría como una prueba más, y ahí es donde me doy cuenta de que el problema ya no está solo en lo que él hace o deja de hacer, el problema es que mi cabeza convirtió nuestra relación en un juicio permanente donde nunca hay suficientes pruebas para absolver ni suficientes para condenar.

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