Por primera vez en muchos años mi vida está bastante bien y eso me da miedo. Tengo un trabajo que me gusta, mi relación está estable, mi familia está bien de salud, terminé de pagar una deuda importante y no hay ninguna gran crisis ahora mismo.

En lugar de disfrutarlo, estoy esperando el golpe. Si recibo una llamada tarde pienso que pasó algo. Si mi pareja dice “tenemos que hablar” siento que el estómago se me cae. Si tengo un fin de semana perfecto, el domingo por la noche empiezo a pensar que algo malo tiene que venir después.

Crecí en una casa donde los periodos tranquilos siempre parecían terminar en problemas económicos, discusiones, enfermedades o algún desastre. Creo que mi cabeza aprendió que la calma es solo una pausa antes del siguiente incendio. Hace poco estaba de vacaciones y pasé media tarde revisando correos del trabajo por si había una emergencia que nadie me había mencionado.

Mi pareja me dijo algo que se me quedó clavado: “Estás tan ocupado preparándote para perder lo bueno que ni siquiera lo estás viviendo”. Y tenía razón. Siempre pensé que ser precavido era una virtud, pero empiezo a entender que la hipervigilancia también puede disfrazarse de responsabilidad.

Estoy intentando aprender algo que parece ridículamente simple: un día bueno no necesita ser castigado por adelantado solo porque algún día volverá a existir un día malo.

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