Tengo 27 años. Cuando tenía 5 años, mis padres se separaron. La verdad es que recuerdo muy poco de mi infancia mientras mis padres estuvieron juntos, pero el día en que discutieron y mi mamá decidió irse de la casa de mi papá lo recuerdo como si hubiese sido ayer.
No estoy muy seguro de cuál fue el motivo, porque siempre que intenté que me lo contaran, las historias fueron inconsistentes. Pero la versión que más me convence es que mi papá se dedicó toda su vida a la música y eso nunca fue suficiente para mantenernos o para darme la vida que mi mamá quería para mí.
Mi mamá, durante toda su vida, siempre fue una persona muy histérica y llenó mi cabeza de miedos e inseguridades. Proyectó sobre mí muchos de sus miedos y traumas de la infancia. Sé que me educó con las herramientas que tuvo y que trató de darme el amor que ella no recibió de pequeña.
Pero lo que más me duele es que dejó a mi papá y formó una nueva familia con un hombre que durante toda su vida, y hasta el día de hoy, la ha tratado mal psicológicamente.
Jamás hubo paz en esa casa en la que fui obligado a crecer.
Los fines de semana los pasaba en casa de mi papá. Jamás escuché a mi padre hablar mal de mi mamá. Mi madre, por el contrario, siempre habló de forma despectiva de él: «Es un inútil, no sabe hacer nada, jamás progresó... Si no te corrijo, vas a ser igual que él».
Jamás me dijo que estaba orgullosa de mí hasta el día en que conseguí el trabajo que tengo hoy en día. Casi 20 años pasaron hasta que, por fin, escuché a mi madre decir que estaba orgullosa de mí.
Pero mi padre, por el contrario, siempre lo estuvo. Siempre me lo decía, siempre me elogiaba y siempre me hizo saber cuánto me ama.
Lamentablemente, aunque amo a mi padre, a causa del lavado de cabeza de mi madre crecí sintiéndome avergonzado de él.
A los 20 años conseguí este trabajo estable. A los 22 logré conseguir un viaje al exterior de seis meses en representación de mi trabajo. A los 23 me mudé a mi departamento y compré todos los muebles que tengo, además de un auto. A los 25 finalicé un curso de especialización de un año de duración que fue muy difícil de hacer.
A los 26 conseguí otro viaje al exterior.
Conseguí casi todo lo que alguna vez soñé.
Pero hay algo en lo que siempre fracasé: las relaciones amorosas.
Ya llevo varios intentos y siempre encuentro la manera de enamorarme de la persona equivocada. Llegué a la conclusión de que el trauma que me generó ver a mi madre abandonar a mi padre —un hombre bueno y amoroso y, a mi parecer, un buen padre— por razones económicas, o por lo que fuera, sumado a todos los miedos e inseguridades que sembró en mi cabeza, no me permite establecer relaciones sanas.
Pero lo que es peor es que sé que es mi miedo a estar solo y a jamás tener una familia que no se rompa, y terminar solo en la vida, tal como mi padre, lo que me lleva a conformarme con migajas de amor.
He conseguido casi todo lo que alguna vez le pedí a Dios, pero hay una sola cosa que aún no he podido conseguir: formar mi propia familia.
El vacío que siento me carcome.
Se siente desolador pensar que envejeceré sin haberme casado y sin haber tenido hijos. Jamás me sentí en paz. No recuerdo haber sentido felicidad pura en la vida. Siempre digo que no hay un hogar al cual regresar, porque jamás me sentí en un hogar: ni en mi infancia ni siquiera ahora que vivo solo, lejos de lo que alguna vez fue mi familia.
Siempre tengo este anhelo de volver a un hogar que aún no conozco y eso, en gran medida, me entristece y no me deja sentir la plenitud que quiero.
Le ruego internamente a Dios todos los días que me envíe a esa persona para poder, al fin, sentirme feliz y realizado..
Comentarios