Tengo una deuda enorme y nadie que me conoce imaginaría cuánto. No es deuda médica, no fue una tragedia familiar ni una inversión que salió mal. Es simplemente el resultado de años queriendo aparentar que podía permitirme una vida que en realidad estaba financiando a plazos.

Viajes, regalos, móviles, muebles, cenas, bodas, fines de semana, una tarjeta para pagar otra, un préstamo para “organizarlo todo”, y luego volver a usar las tarjetas. Desde fuera parezco una persona responsable porque nunca dejo de pagar. Por dentro llevo años haciendo malabares.

Mi pareja cree que tenemos unos pocos miles pendientes. La realidad es muchísimo peor. Ella habla de ahorrar para una vivienda y yo asiento mientras calculo mentalmente intereses. Lo que más vergüenza me da es que muchas veces gasté dinero precisamente para que nadie sospechara que no tenía dinero.

Iba a cenas que no podía pagar, hacía regalos demasiado caros, aceptaba planes solo para no parecer el que siempre dice que no. Ahora estoy intentando arreglarlo, vendiendo cosas, recortando, cocinando más, cancelando suscripciones. Los números empiezan a bajar, pero la culpa sube.

Porque ya no se trata solo de deuda, se trata de confianza. Si se lo cuento ahora, sabrá que durante años tomó decisiones económicas pensando que conocía nuestra realidad. Si espero a solucionarlo, quizá parezca que estoy confesando después de controlar el daño.

Y no sé qué es peor.

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