Durante años fui la persona de la familia que resolvía todo y ahora me cuesta incluso contestar el teléfono cuando veo ciertos nombres. Si había que acompañar a alguien al médico, yo. Si faltaba dinero, yo. Si un hermano discutía con su pareja, yo escuchaba.

Si mis padres necesitaban papeleo, yo lo hacía. Al principio me hacía sentir útil e importante. Ahora me siento agotado. Lo peor es que todos se acostumbraron tanto a mi disponibilidad que cuando empecé a decir que no, la reacción fue “qué te pasa últimamente”.

Nadie preguntó si estaba cansado o si tenía mis propios problemas. Simplemente notaron que el servicio dejó de funcionar igual. Hubo una época en la que yo mismo estaba pasando por una crisis y aun así seguía resolviendo problemas ajenos porque no sabía cómo salirme del papel.

Una noche terminé llorando en el coche después de ayudar a tres personas en un mismo día y me di cuenta de que nadie sabía que yo estaba mal. A veces fantaseo con mudarme lejos para descubrir si mi familia me echaría de menos por quién soy o solo por lo útil que resulto.

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