Fui temporero en la aceituna y en la vendimia durante nueve años y quiero contar el lado que no sale: el del que cuenta los kilos.

Cuarenta y cuatro años. Soy español, de un pueblo de Jaén, y lo digo porque cuando se habla de temporeros se da por hecho que todos somos de fuera, y en mi cuadrilla éramos de todo: cuatro del pueblo, seis marroquíes, tres rumanos y dos chavales de Senegal que llegaron en 2018.

Cómo funciona, de verdad. La campaña de la aceituna va de diciembre a febrero según la zona. Se trabaja a jornal o a destajo. Yo he hecho las dos. El jornal en mis últimos años andaba por los cincuenta y cinco o sesenta euros al día por una jornada que empieza cuando hay luz y acaba cuando no la hay, con un desplazamiento de treinta o cuarenta minutos en furgoneta que no se paga.

El destajo se paga por kilo y el kilo depende del árbol y el árbol depende de quién reparta.

Y ahí está todo. Quién reparta.

El manijero es el que organiza la cuadrilla. Es el que te llama en noviembre o no te llama. Es el que decide si vas a la parcela de árboles cargados o a la de la ladera, que tiene la mitad de aceituna y el doble de trabajo. No firma nada, no hay papel de eso, y es la persona más poderosa de la campaña.

Yo tuve un manijero bueno durante cuatro años. Un hombre de mi pueblo, duro, justo, que rotaba las parcelas. Y tuve dos campañas con otro que no rotaba. Y en esas dos campañas, los de fuera iban a la ladera. Siempre. No todos los días: la mayoría. Y los del pueblo íbamos al llano.

Y yo lo vi, y lo supe, y no dije nada.

Eso es lo que he venido a escribir. No tengo una historia de abuso que denunciar; tengo nueve años de ser el beneficiario pequeño de un reparto injusto, y de haberme callado por una razón que todavía me parece sólida y que no me sirve de nada: si yo digo algo, al día siguiente no me llama, y a los de la ladera les sigue tocando la ladera, y además pierdo la campaña.

Una vez, en 2016, uno de los rumanos, Ionel, que llevaba tres campañas, me lo dijo. En la furgoneta. No se quejó, me lo dijo como un dato: "a vosotros el llano". Y yo le contesté la mayor cobardía de mi vida laboral. Le dije: "yo no reparto".

Técnicamente verdad. Y él asintió y miró por la ventanilla y no volvimos a hablar de eso en dos campañas.

Ahora trabajo en un almacén y gano menos de lo que ganaba en una buena campaña y tengo contrato, nómina, y el día quince cobro. No echo de menos el campo. Echo de menos una cosa muy concreta: a las dos de la tarde, en una linde, trece hombres comiendo, cada uno con lo suyo, y una conversación en tres idiomas que funcionaba perfectamente.

Lo que diría a quien compra aceite y lee esto: el precio de la botella no es el problema. El problema es que entre el olivo y el almacén hay un hombre que decide a qué ladera vas y nadie lo supervisa. Y lo que diría a Ionel, si lo leyera, que no lo va a leer: tenías razón y yo lo sabía, y no era verdad que yo no repartiera.

Repartía callándome.

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